Habitantes ilustres

El número 5 de Hamilton Place se levantó sobre uno de los antiguos pabellones de caza del rey Enrique VIII y, a día de hoy, sigue siendo un magnífico ejemplo de las imponentes mansiones georgianas de finales de siglo. A lo largo de su historia ha sido el lugar de residencia de algunas de las familias más destacadas y ha sido testigo de su opulento estilo de vida, lo que lo ha llevado a convertirse en el casino VIP más importante de Mayfair y en uno de los establecimientos predilectos de la flor y nata de la sociedad. 

El cuarto conde de Buckinghamshire, Robert Hobart, político y administrador colonial, fue el primer residente del número 5 de Hamilton Place, donde vivió entre 1812 y 1816. Le siguieron tres generaciones de una familia aristocrática todavía más destacada, la del marqués de Conyngham. El primer marqués de Conyngham prácticamente debía su estatus y su posición social a la estrecha relación entre su esposa y el príncipe regente, más tarde Jorge IV, que sin ninguna duda visitó en alguna ocasión el número 5 de Hamilton Place. En efecto, informes de la corte mencionan la relación entre Elisabeth Lady Conyngham y Jorge IV, lo que propició que esta gran familia aristocrática, que hasta entonces había pasado desapercibida, se hiciera un hueco entre los miembros más destacados de la nobleza. 

Lady Conyngham era una mujer excepcional y algo entrada en carnes. Conoció al príncipe regente en un baile de la corte y, aunque Elizabeth tenía ya 52 años, el príncipe se enamoró perdidamente de ella. A partir de ese momento iniciaron una relación que se alargó hasta la muerte del rey en 1830. Incluso se dice que, tras tres años de romance, Lady Conyngham dio a luz a una hija del regente; algo extraordinario, si tenemos en cuenta que Elizabeth hubiera tenido 55 años por aquel entonces. Pero todavía es más extraordinario el hecho de que a su esposo, Henry, pareció no importarle esta relación, aunque es posible que esto fuera debido a que el rey otorgó grandes riquezas a los Conyngham, sobre todo a Elizabeth. La relación del príncipe con Elizabeth Conyngham no era apasionada, sino más bien afectuosa y familiar; no levantó ningún escándalo, ya que era considerada más bien ridícula. Sin embargo, cuando el regente accedió al trono, la importancia de los Conyngham no hizo más que crecer. El rey colmó de regalos a Elizabeth e incluso le permitió lucir algunas de las joyas de la corona en público. 

Tras la muerte de Jorge IV en 1830, el poder y la influencia de los Conyngham disminuyeron. Lady Conyngham vivió 30 años más que su esposo, que falleció en 1832, y llegó a cumplir los 92 años de edad. El edificio siguió siendo propiedad de la familia hasta 1878, cuando el tercer marqués de Conyngham lo vendió y dio así por finalizado el largo vínculo de la familia con el número 5 de Hamilton Place, tras 60 años en su poder. 

Leopold de Rothschild (apellido de origen germánico que hace referencia al escudo rojo que colgaba en el exterior de la vivienda de sus antepasados en Frankfurt, Alemania), hijo del Barón Lionel de Rothschild, ejercía de banquero. Las horas que dedicaba a trabajar en el banco de New Court, en Londres, le servían para mantener su lujoso estilo de vida. Además del número 5 de Hamilton Place, era propietario de Gunnersbury Park, en el oeste de Londres, de una villa cerca de Ascot y de Palace House, en la zona de Newmarket. Rothschild quería convertir el número 5 en su «palacio» de Londres y Hamilton Place pronto pasó a conocerse como «Rothschild Row», el centro de la vida social de Mayfair. Llevó a cabo una remodelación drástica de la mansión, impregnándola de su estilo extravagante. Hacia 1880 escogió al arquitecto W. R. Rogers, de Messrs William Cubitt, antecesora de la actual empresa de construcción británica que lleva el mismo nombre, para realizar las reformas necesarias. 

Cuando W. R. Rogers emprendió la remodelación del número 5 de Hamilton Place, revistió gran parte del exterior de piedra de Portland. Empleó un estilo que fue descrito poco respetuosamente como «clásico afrancesado». Por desgracia, no hay forma de saber cómo estaba decorado originalmente el interior, aunque sí sabemos que Leopold de Rothschild no escatimó en gastos a la hora de reformar el edificio. Algunas fotografías de 1889 muestran una propiedad decorada con gran lujo de detalles y atestada de todo tipo de objetos. La decoración general, los cuadros, el mobiliario y las ornamentaciones arquitectónicas, como las cariátides que sirven de soporte de las chimeneas de mármol, son de una calidad excelente.
 
Christopher Sykes, un conocido escritor y crítico de la época, especialista en residencias de la aristocracia, escribió en Private Palaces:

«Los extravagantes palacios del plutócrata Rothschild no son del agrado de todo el mundo. De hecho, mucha gente incluso opina que una muestra de riqueza tan desvergonzada es horrible, vulgar y ostentosa… En su habitación, el señor de Rothschild ha ido un paso más allá que nuestros vecinos del otro lado del Atlántico. ¡Se ha hecho construir un fabuloso baño hecho a medida a pocos pasos de su cama! ¿Qué otras fantasías de lujo y riqueza pueden superar a esta? Las otras habitaciones, siguiendo el diseño americano, cuentan con un baño contiguo».

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